La experiencia más inimaginable para alguien que simplemente estaba descansando tranquilamente en su cama.
Todo comenzó un 12 de mayo de 2026, alrededor de las 8:00 de la noche. Me encontraba recostado en mi cama, en medio de una llamada telefónica. Justo antes de finalizarla, empecé a sentir un dolor repentino en el costado izquierdo de mi cuerpo. Mi primera impresión, con toda sinceridad, fue: "Es un pedo o un gas atorado". Sin embargo, con el paso de los minutos, el dolor empezó a intensificarse a niveles preocupantes.
En mi mente resonaba la idea: "Esto no es normal, es un dolor nuevo".
Como pude, bajé las escaleras para ir con mi mamá y decirle lo mucho que me dolía. Cosas de vivir en Latinoamérica, mi mamá pensó exactamente lo mismo que yo: "Es un pedo atorado". Pero cuando vio la forma en que yo expresaba el dolor, cambió de diagnóstico: "Entonces es un músculo o un nervio que se contrajo".
—Posiblemente —le respondí.
Pero en mi mente la duda ya estaba sembrada: "¿Y si es el riñón? ¿Por qué me dolería así?".
Siendo una persona preocupona, lo peor que puedes hacer en estos casos es buscar tus síntomas en internet, porque sabes que Google siempre te va a decir: "TE VAS A MORIR". Pero leyendo un rato, caí en la cuenta de que posiblemente eran piedras.
Mi reacción inmediata fue de negación: "Imposible, tomo demasiada agua y no como tan mal".
Pasó una hora. Ya eran las 9:00 p.m. Llevaba sesenta minutos sufriendo ese dolor insoportable cuando finalmente cedí. —Mamá, vayamos a la Cruz Roja, no aguanto el dolor.
Pedimos un Uber. Al llegar, me pasaron rápidamente a recostarme en una camilla y me administraron algo que llamaron "cóctel". Siendo un total ignorante (jamás en mis 26 años había pisado urgencias), no tenía idea de qué era eso. Resultó ser paracetamol y otros medicamentos administrados directo a la vena.
Mi pareja preocupada me preguntó si necesitaba algo, le dije que no era necesario, pero agradezco mucho la persona que es y decidió ir a verme de todos modos. Me trajo agua y unas gelatinas para el momento. (la amo mucho 💖)
Pasada una hora y media, me sentía mucho mejor, más tranquilo.
Antes de irme, el doctor me dio indicaciones claras: —Necesitas hacerte estos análisis de laboratorio y una ecografía de tus riñones para saber exactamente cómo están.
Algo que no le comenté en su momento, pero que era clave, es que sentía ardor al hacer pipí. Era una sensación rara que muy probablemente apuntaba a una infección.
Al día siguiente decidí faltar al trabajo para poder ir a hacerme todo: estudios de orina, de sangre y la famosa ecografía renal. Ese día, jamás imaginé que escucharía al médico decirme: "Efectivamente, tienes piedras en el riñón izquierdo. La más grande mide medio centímetro". (Yo no sabía si eso era muy grande o pequeño, pero sonaba imponente). Además de las piedras, me detectaron inflamación en la vejiga por la infección.
Más tarde ese mismo día, me entregaron los resultados de los análisis de sangre y orina. Como buen ciudadano e ignorante de la medicina moderna, se los mandé a una IA para que me los analizara. El resumen fue un golpe de realidad: posiblemente estaba en prediabetes. Mi glucosa estaba en 110, cuando el límite máximo saludable es de 99.
Cuando llevé esos mismos análisis, la doctora me destacó exactamente lo mismo: para mi edad, traía el azúcar muy alta. Tenía que cambiar mi dieta drásticamente, dejar el azúcar, las harinas y las grasas (que para qué negarlo, yo era un cerdo con esa comida).
Para no hacer el cuento tan largo, todo esto pasó en mayo. Comencé mi tratamiento de inmediato con las pastillas que me recetó la doctora, tanto para curar la infección como para ayudarme a expulsar las piedras por ese inimaginable orificio. El tratamiento duró menos de un mes.
Durante ese tiempo, cambié mi estilo de vida. Yo era fanático de la Coca-Cola, pero al darme cuenta de que fue la gran culpable de mi problema, la dejé por completo. Empecé a comer más verduras, frutas, pechuga de pollo y comidas sin tanta grasa. Cuando empezó toda esta pesadilla, yo pesaba 82 kg (un peso alto para mi 1.70 m de estatura). Con mi nueva dieta bajé a 76 kg. Todavía es un poquito alto, pero muchísimo mejor que antes. Desde que mejoré mi alimentación, me comencé a sentir increíblemente bien físicamente; antes comía a lo desgraciado, terminaba con la panza inflada y tirado en la cama sin poder moverme.
En el transcurso del tratamiento, viví momentos muy extraños. Fue raro escuchar y ver cómo, al ir al baño a hacer pipí, caían dos piedras (que, afortunadamente, no me dolieron nada). Fue una sensación bizarra, pero me emocioné mucho: ¡significaba que el tratamiento estaba funcionando! Poco a poco iba mejorando.
Pero llegó el clímax de esta historia.
Una noche, estaba acostado, muy tranquilo viendo la tele, cuando de repente me entraron unas ganas incontrolables de hacer pipí. Pero además de eso, sentía cómo algo iba subiendo por el "tubito" de ahí abajo.
En mi mente solo pensé: "Madres, voy a parir".
No se los niego, amigos, quizás fue la única piedra que realmente sentí subir. ¡Eso significaba que venía la piedra más grande! Fui al baño corriendo y, al momento de liberar, me sentí como un aspersor; todo salió disparado en todas direcciones hasta que aquello que tapaba la salida, por fin salió.
Efectivamente, amigos: la piedra salió. :D
Después de todo un mes con el tratamiento, haber expulsado las piedras. Volví a hacerme los análisis y la ecografía, oficialmente en mi riñón ¡ya no tenía piedras! y mi glucosa había bajo (no sé si sea real o esté comprobado, pero considero que mi glucosa estaba alto por el dolor provocado).
Y como toda persona orgullosa de su hazaña médica, la última piedra que había salido de mí, decidí tomarla, guardarla en un frasquito y conservarla. La tengo ahí para tener siempre en mente un sabio consejo de vida: no te pases de lanza con la Coca...
Si alguna vez has escuchado a alguien decir que tener cálculos renales es como "parir", créelo. El cólico renal es conocido por ser uno de los dolores más intensos que experimenta el cuerpo humano. Pero para poder vencer al enemigo, primero hay que conocerlo.
Aquí te explico de forma sencilla qué son, por qué salen y cómo evitar que tu cuerpo se convierta en una cantera.
No son monstruos alienígenas, aunque se sientan así. Las piedras de riñón son acumulaciones de minerales duros que requieren muchísima energía para romperse.
El dolor no es constante, es un dolor episódico que viene en oleadas o "cólicos" mientras la piedra se mueve o bloquea el flujo. Así es como se manifiesta: